Imaginemos: una mujer despampanante pasea sus peligrosas curvas por la Gran Vía de Madrid embutida en un espectacular y ajustado modelito que quita la respiración. Está pasando su época de celo, por lo que cualquier varón puede olfatearla a kilómetros. ¿Consecuencias? Cualquiera que la invite a pasar un rato de pasión tendrá un sí por respuesta, aunque sea el mismísmo hermano feo de los Calatrava. Este sería un bonito mundo si las hembras humanas tuvieran celo, qué duda cabe, pero desgraciadamente para los varones las mujeres son los únicos mamíferos hembra de todo el planeta cuyas épocas de celo brillan por su ausencia. Al contrario, ovulan una vez cada 28 días y durante un intervalo de tiempo que rara vez supera el día y medio. Pero las desgracias para los hombres no terminan aquí, de hecho, acaban de empezar. La probabilidad de dejar embarazada a una mujer, cuya etapa de fertilidad es tan breve como irregular, es escandalosamente inferior a la de cualquier otro mamífero, lo que supone sin duda una desventaja reproductiva de gran magnitud. Sin embargo, la humanidad existe, por lo que debemos deducir que la madre Naturaleza, siempre sabia, ha encontrado la manera de vencer esta tremenda dificultad. En efecto, la escasísima e intermitente fertilidad de las mujeres se ha compensado dotando al macho humano con un intenso y permanente deseo sexual: si hay pocas probabilidades de fecundar, lo mejor es multiplicar el número de intentos. De ahí que los hombres vivamos en un perenne estado de ansiedad sexual.
Así pues, los hombres somos doblemente desdichados. Por un lado nuestra excitación sexual es mucho más intensa y permanente que la de otros mamíferos, y por otro nuestras hembras han evolucionado de tal forma que han eliminado el celo de su ciclo de fertilidad. En esta tesitura, no sería descabellado pedir a nuestras mujeres un poco más de comprensión: no es que a veces pensemos con las partes bajas, es que dichas partes, gracias a la Naturaleza y buscando la supervivencia de nuestra especie, piensan por su cuenta.