Estos virales cada día son más graciosos
Si, amigos míos. Desde que abandoné miserablemente a mi pequeña criatura, este StarWatcher humilde y sereno que pretendía ser una luz en la ventana para guiar al hijo pródigo, la blogosfera y demás entes internáuticos de nuestro pobre y gran país han dado voz a nuestra ciudadanía. Resulta que esa voz tiene acento muy, muy asilvestrado, es maliciosa, mentirosa y está muy mal educada.
Así pues, desde esta atalaya desierta y abandonada, el Vigilante de las Estrellas tiene una nueva misión: la denuncia de la mentira y la censura del gañán.
¡Larga vida a los censores!
PD: si quieres unirte a nuestra casta de censores, visita nuestro congreso censor en groups.msn.com/elcongreso
UN POCO DE HISTORIA
Los pitagóricos pensaban con absoluta convicción que el cosmos estaba regido por los números, y que el reino de los números era perfecto. Por eso, cuando descubrieron que la razón entre el diámetro de una circunferencia y su radio era un número con infinitas cifras decimales (pi) lo guardaron celosamente en secreto, y según se cuenta eran capaces de llegar hasta el asesinato con tal de que no fuera revelado. Pi era una imperfección diabólica, y nadie debía conocer su existencia, porque rompía la armonía del mundo matemático. El último cuarto del siglo XIX empezaron a aparecer una serie de conjuntos matemáticos que desafiaban las convenciones vigentes, y que fueron apartados del estudio sistemático por considerarlos "monstruosos, casi patológicos". Tampoco se asesinaba a aquél que se los tomaba un poco en serio, pero enseguida era tratado de paria, loco o algo peor. Entre estos "monstruos irracionales" había uno descubierto por el matemático alemán Georg Cantor* , y que había bautizado como conjunto C (Cantor es, por cierto, el padre de la teoría de conjuntos)
Demos un salto de varias décadas hacia el futuro para interesarnos por un joven matemático que ha empezado a trabajar para IBM. Se llama Benoit Mandelbrot, y corren los años 60 del siglo XX. Mandelbrot está estudiando un problema de ruido no despreciable en una transmisión de datos informáticos. El ruido, en este caso, se refiere a cualquier interferencia, interrupción, discontinuidad o error que aparezca en la transmisión. No despreciable significa que afecta a la misma siempre. Lo que encuentra Mandelbrot es lo siguiente. Supongamos que dividimos la transmisión en segmentos de una hora de duración. Numeramos 0 a los intervalos sin ruido, y 1 a los intervalos con ruido. Ahora, afinamos la precisión en los intervalos 1 y los reproducimos dividiéndolos en intervalos de 20 minutos cada uno. Nuevamente aparecen intervalos sin ruido 0 e intervalos con ruido 1. Afinemos una vez más: cojamos un intervalo 1, y dividámoslo en intervalos de 6'6 minutos. Nuevamente aparecen intervalos sin ruido 0 e intervalos con ruido 1. Mandelbrot repitió la operación muchísimas veces, obteniendo siempre el mismo resultado: por mucho que afinaba en el análisis reduciendo el intervalo de tiempo (lo que equivaldría a aumentar el zoom para analizar una imagen) el grado de discontinuidad / fragmentación del ruido es siempre el mismo. A nosotros, que ya hemos leído algo sobre fractales, esto nos resulta vagamente familiar. Pero cuando Mandelbrot estaba inmerso en este modesto problema de ingeniería, ni siquiera éxistía la palabra fractal. Aún así, se acordó de uno de esos conjuntos "patológicos" que tanto le interesaban, convencido de haber descubierto una herramienta muy útil para describir matemáticamente el suceso que estaba estudiando. Mandelbrot pensó en el conjunto C de Cantor.
INVARIANZA POR CAMBIO DE ESCALA
El suceso que estaba estudiando Mandelbrot presentaba una propiedad llamada invarianza por cambio de escala. Significa que cualquiera que sea la escala que escojamos para describirlo, existen características, en este caso la fragmentación, que permanecen idénticas. El polvo fractal de Cantor es ideal para presentar esta propiedad, que por otro lado poseen muchísimos fractales (todos aquellos que no tienen límites superiores o inferiores de complejidad) Se les llama fractales escalantes. Pero vayamos ya con el conjunto C.
Supongamos que tenemos un segmento cualquiera de recta. Lo dividimos en tres partes iguales y extraemos la parte central. Repetimos la operación con las dos partes restantes, esto es, dividimos cada una en tres, extrayendo la central, y así indefinidamente. Rápidamente el segmento original se va convirtiendo en un conjunto disperso de puntos aislados, se va pulverizando, y de ahí su nombre. Veámoslo
Efectivamente, el suceso ruido presentaba una estructura muy parecida a este fractal (obviamente, el ruido es aleatorio, por lo que la discontinuidad no es ni mucho menos regular como aquí, pero en principio intuimos que Mandelbrot escogió un camino correcto). Imaginemos que los segmentos que van quedando después de cada extracción, son los intervalos de tiempo con ruido: en la siguiente repetición del proceso, es decir, en el cambio de escala, nuevamente debemos fragmentar (igual que el ruido aparecía siempre fragmenteado, fuera cual fuera la finura del análisis)
Sabiendo que el proceso se repite infinitas veces (en la figura se detiene simplemente porque ya no podemos dibujar segmentos más pequeños), se puede comprender que, independientemente de la escala que escojamos para observar el polvo de Cantor, la fragmentación es siempre idéntica, por lo que es un fractal escalante. Este fue el primer fractal descubierto por el hombre, pero no fue hasta 1975 que Mandelbrot juntó todas las piezas dispersas de los distintos estudios sobre invarianza por cambio de escala, inventando la palabra fractal y dando nacimiento a una nueva y fascinante disciplina matemática. Por todo ello, Mandelbrot es conocido como el padre de la geometría fractal.
* En realidad fue Henry Smith quien lo descubrió, pero fue Cantor quien le sacó partido al utilizarlo para estudiar el continuo.
Seguir la pista del dinero cuando se trata del crimen organizado global es una tarea especialmente difícil. Sin embargo, a principios de los 90 del siglo XX saltó a la luz pública lo que probablemente sea el mayor escándalo financiero de la historia, el que afectó al Banco Internacional de Crédito y Comercio, que por aquella época era la séptima entidad financiera privada del mundo. En el verano de 1991, en una operación conjunta sin precedentes, fueron clausuradas todas sus oficinas en EEUU y Europa occidental, a la vez que el gobernador del Banco de Inglaterra por aquel entonces, R. Leigh-Pemberton, calificaba al banco de "monumental fraude podrido". Pero las propias autoridades británicas y estadounidenses formaban parte del tinglado. Según J. Beaty y S. G. Gwynne, periodistas de investigación autores del libro The Outlaw Bank: A Wild Ride Into the Secret Heart of BCCI (New York: Random House, 1993) el gobierno inglés -cuyo ministro de economía era John Major- conocía desde 16 meses antes de la intervención una auditoría de Price-Waterhouse en la que se calificaba al BCCI de "completo caos". Durante esos meses de impasse, 10.000 millones de dólares fueron estafados a miles de pequeños ahorradores de todo el mundo. Y aún peor resultó el engorro para las autoridades estadounidenses, pues desde 1988 y según la revista Time, había en EEUU media docena de directivos del banco en la cárcel por blanqueo de dinero.
Ahora bien, una vez destapado el fraude, lo que vino después fue aún más espectacular. Para empezar, Beaty y Gwynne consideran probado que aproximadamente un millar y medio de empleados del BCCI formaban una red negra instruida en "psicología, vigilancia electrónica, cifrado y descifrado de códigos, técnicas de interrogatorio empleando la tortura y entrenamiento con armas de fuego". Esta red se dedicó durante más de una década al "tráfico de drogas y armas, prostitución, extorsión, secuestro, espionaje, tráfico de divisas y asesinatos a lo largo y ancho del mundo". Por otro lado, entre sus clientes aparecían gente como Sadam Hussein, Daniel Ortega (líder de la resistencia sandinista), Adnan Kashogui (el mayor traficante de armas del mundo), la OLP de Arafat, barones sudamericanos de la coca, la Jihad Islámica o Abú Nidal, considerado entonces como el terrorista más peligroso del mundo. En efecto, igual que BCCI, el banco podría haberse llamado Crimen Global SA.
Sin embargo, nunca se establecieron responsabilidades y nadie de la cúpula del banco fue a parar a la cárcel. ¿Por qué? La respuesta a este interrogante debemos buscarla en nuestra propia casa. Efectivamente, las investigaciones nunca desmentidas también hablaban de otros clientes y socios comerciales aún más sorprendentes. Para empezar, todos los servicios de inteligencia occidentales y algunos orientales, especialmente los israelíes, tenían estrechos vínculos financieros con el banco. John Kerry, por aquel entonces senador por Massachussetts y presidente del subcomité del Congreso norteamericano sobre estupefacientes, terrorismo y operaciones internacionales, afirmaba tener declaraciones juradas asegurando que la CIA y el Consejo Nacional de Seguridad de EEUU utilizaron el BCCI para las operaciones de compraventa de droga y armas que desembocaron en el escándalo Irán-Contra, en el que Bush padre estuvo implicado hasta el tuétano. El BCCI, además, poseía el control del primer banco de Washington, el First American Bankshares, cuyo patrón era Clark Clifford, antiguo ministro de la guerra y consejero personal de varios Presidentes de EEUU, el cual formaba parte también de la cúpula del BCCI.
La pregunta que cabe hacerse entonces es la siguiente: ¿qué negocio puede unir en un mismo y gigantesco chanchullo a terroristas, la CIA y otros servicios secretos, asesores presidenciales y narcotraficantes? Precisamente ése: el tráfico de drogas. Pues esa era la principal actividad del banco, el lavado de dinero proveniente del narcotráfico.
Últimamente, Bush Jr. recuerda a los ciudadanos que cada vez que consumen droga, una parte del dinero termina financiando el terrorismo internacional. Se le olvida decir que otra parte financia a su papá y amigos, incluyendo la CIA y el Consejo de Seguridad Nacional.
Acaba de publicar ELMUNDO.ES la siguiente noticia:
IMPLICADOS EN LA FINANCIACIÓN Y FALSIFICACIÓN
Nueve detenidos en una operación contra el terrorismo islamista en Alicante y Granada
La Guardia Civil desarrolla desde primeras horas de la mañana una operación en Alicante y Granada contra el terrorismo islamista que se ha saldado con al menos nueve detenciones. Los arrestados son acusados de prestar apoyo logístico y financiación mediante el tráfico de drogas y la falsificación de tarjetas.
Efectivamente, siempre que se habla de la financiación del terrorismo (islamista o no), aparece indefectiblemente el tráfico de drogas. Dado que el tráfico de drogas existe gracias a la prohibición de las mismas por parte de casi todos los políticos del mundo, se puede decir que estos son directamente responsables de la financiación de los terroristas islámicos. Si alguna vez Aznar hizo cosas que sirvieron de catalizador para que los islamistas mataran en España, lo que hacen todos los demás desde hace años (incluído él, claro), manteniendo en pie la farsa de la prohibición de comerciar con ciertas drogas, tiene mucha más relación directa con los muertos del 11-M y con los que todavía quedan por llegar.
Gracias a nuestros políticos, los terroristas pueden financiar sus crímenes haciendo algo tan sencillo como vender hachís o pastillas. Así que considero que tengo todo el derecho del mundo a llamarles asesinos aunque no pongan las bombas: debido a su estulticia, su cinismo, su cobardía o todo a la vez, otros lo pueden hacer muy fácilmente.
Repito: unos asesinos.
Imaginemos: una mujer despampanante pasea sus peligrosas curvas por la Gran Vía de Madrid embutida en un espectacular y ajustado modelito que quita la respiración. Está pasando su época de celo, por lo que cualquier varón puede olfatearla a kilómetros. ¿Consecuencias? Cualquiera que la invite a pasar un rato de pasión tendrá un sí por respuesta, aunque sea el mismísmo hermano feo de los Calatrava. Este sería un bonito mundo si las hembras humanas tuvieran celo, qué duda cabe, pero desgraciadamente para los varones las mujeres son los únicos mamíferos hembra de todo el planeta cuyas épocas de celo brillan por su ausencia. Al contrario, ovulan una vez cada 28 días y durante un intervalo de tiempo que rara vez supera el día y medio. Pero las desgracias para los hombres no terminan aquí, de hecho, acaban de empezar. La probabilidad de dejar embarazada a una mujer, cuya etapa de fertilidad es tan breve como irregular, es escandalosamente inferior a la de cualquier otro mamífero, lo que supone sin duda una desventaja reproductiva de gran magnitud. Sin embargo, la humanidad existe, por lo que debemos deducir que la madre Naturaleza, siempre sabia, ha encontrado la manera de vencer esta tremenda dificultad. En efecto, la escasísima e intermitente fertilidad de las mujeres se ha compensado dotando al macho humano con un intenso y permanente deseo sexual: si hay pocas probabilidades de fecundar, lo mejor es multiplicar el número de intentos. De ahí que los hombres vivamos en un perenne estado de ansiedad sexual.
Así pues, los hombres somos doblemente desdichados. Por un lado nuestra excitación sexual es mucho más intensa y permanente que la de otros mamíferos, y por otro nuestras hembras han evolucionado de tal forma que han eliminado el celo de su ciclo de fertilidad. En esta tesitura, no sería descabellado pedir a nuestras mujeres un poco más de comprensión: no es que a veces pensemos con las partes bajas, es que dichas partes, gracias a la Naturaleza y buscando la supervivencia de nuestra especie, piensan por su cuenta.
He aquí un artículo que da completamente en el clavo. Hasta los mismísimos estamos de los salvapatrias de toda índole. Qué pesados, qué aburridos, qué mentecatos.
El desatino
FRANCISCO J. LAPORTA
Hace poco se cumplieron cien años del nacimiento de José Antonio Primo de Rivera. Afortunadamente pasó desapercibido. Él fue quien afirmó aquello de que España era una "unidad de destino en lo universal", alarde verbal vacío pero muy propio del estilo nacionalista. Educado en la resaca de los agravios militares tras el ridículo papelón que se hizo en el 98, vio a su padre dar un golpe de Estado alegando que España estaba amenazada con un fin "trágico y deshonroso". El año que viene se conmemorará el centenario de la primera aparición en la escena política del Partido Nacionalista Vasco, en cuyo manifiesto se suponía que la nación vasca estaba también amenazada por peligros sin cuento: la desaparición de la raza, la lengua y la tradición. Y tampoco faltará quien se acuerde dentro de poco de los correspondientes cien años de la publicación del libro de Prat de la Riva La nacionalitat catalana, que reivindica con fervor para Cataluña una personalidad política perdida y la recuperación del "sentimiento jurídico original". ¡Vaya un siglo que nos han dado entre todos!
Por supuesto, el más largo y el de peor calaña ha sido el nacionalismo español. Logra encaramarse violentamente al poder en una guerra civil muy cruenta e impone a todos los demás su ideario nacional excluyente con la bendición de una iglesia que se llama católica (es decir, universal) pero no duda en comportarse bélicamente como "nacional" (es decir, localista). Fue entonces cuando tomó cuerpo la primera formulación del desatino: la fabulación de una entidad moral colectiva de origen histórico que se presenta como la clave de nuestra identidad como personas y como titular de un derecho natural a la soberanía política. Eso es el nacionalismo, todo nacionalismo, sin excepción. Esa entidad era una idea de España confeccionada con retales de la historia, manipulaciones de la religión y adoctrinamiento social. Una invención, sí, pero una invención que obró durante décadas como principio de organización política y seña de identidad ciudadana. Quienes no se plegaban a ella no eran españoles, y si no eran españoles carecían de valor como personas. Podían ser ignorados y, en su caso, sacrificados en el altar de la gran entelequia nacional. Ya se sabe, la superioridad moral de la nación como entidad colectiva vacía de contenido nuestra peripecia moral individual y tiende a ignorar nuestros derechos. Se puede matar y se debe morir por ella. Por eso el nacionalismo suele ir acompañado de violencia y no es raro que acabe en una gran carnicería. Todo por la patria.
Haciendo un uso militar de esas convicciones, el régimen del general Franco aplastó toda diversidad cultural y violentó derechos individuales. Y sucedió lo previsible. Perseguida la lengua vernácula y estigmatizadas las provincias vascas, las antiguas jeremiadas de don Sabino Arana sobre la desaparición de su patria cobraron verosimilitud. Todo nacionalismo en estado de latencia fermenta cuando percibe una amenaza, real o supuesta. Con su tosca obcecación, el franquismo operó de condición suficiente para que se reactivaran emocionalmente los resortes del nacionalismo vasco. A finales de la dictadura, el sentimiento nacional contrario a España estaba en el País Vasco más extendido de lo que nunca lo había estado. Y a su lado surgió, naturalmente, la violencia, que ahora, además, podía presentarse con la aureola de movimiento de resistencia o liberación nacional. Es así como Franco mismo se erige estúpidamente en factor de revitalización del nacionalismo vasco y en fundador honorario de la organización terrorista ETA. La paranoia del separatismo acaba siempre por ser el gran factor separador.
En este enrarecido caldo de cultivo la Constitución española fue vista en Euskadi con desconfianza, como una forastera más. El oxígeno que la dictadura proporcionó a la vieja versión vasca del nacionalismo logró que la devolución constitucional de las libertades individuales y el Estado de Derecho fuera menospreciada con el argumento peregrino de que los derechos de su nación eran "anteriores" a la Constitución. En virtud de un ejercicio de prestidigitación política y jurídica, se aceptó el Estatuto de Guernica, no porque derivara de ella, sino porque era un paso más hacia el reconocimiento pleno de aquellos antiguos derechos. Incluso en un contexto de libertades y derechos, podemos sin embargo reconocer de nuevo todos los ingredientes del desatino: entidad moral histórica, identidad personal mediada por la nación, violencia, euskaldunización y derecho natural a gobernarse. Ante la estupefacción de muchos, el País Vasco se transformó así en una anomalía dentro de una politeya democrática muy abierta y profundamente orientada a la devolución de competencias y el reconocimiento de la pluralidad cultural e histórica. La anomalía provenía, naturalmente, del delirio nacionalista.
Y por si ello fuera poco hemos tenido que pasar una breve temporada con el Partido Popular en mayoría absoluta. En pocos años ha logrado lo que parecía imposible: encontrar en los entresijos de la Constitución los rasgos españolistas y dogmáticos que, esgrimidos con exageración y agresividad, han acabado por hacerla odiosa para muchos. Para lo que aquí interesa, el artículo 2 (nación, unidad, patria...) ha sido inflado hasta la hipertrofia. Y menos mal que no han ganado las elecciones, porque no hay que excluir que hubieran acabado por liarse a mandobles con el artículo 155 (cumplimiento autonómico forzoso de obligaciones constitucionales, ¡qué disparate!) . El aznarismo puede así ser descrito, por lo que a esto respecta, como la versión constitucional del desatino franquista. Los viejos efluvios de aquella Alianza Popular que mantuvo las esencias en la transición han acabado por predominar en el discurso público del partido de Aznar. Volvía el españolismo, la bandera más grande, el manoseo político de la religión y el cerrojazo autonómico. Y con ello, naturalmente, los demás actores de la trama nacionalista volvían a percibir la latente amenaza.
Quizás también por eso, y tras una larga trayectoria de tolerancia, cultura y libertad en Cataluña, aparece inopinadamente el proyecto de Estatut. Lo digo con dolor y cansancio: es la versión catalana del mismo desatino. De nuevo nos sale al paso un ser colectivo de origen histórico con un derecho natural a la soberanía. Una entidad tan sustancial y viviente como para poder predicar de ella acciones humanas: 'afirma' cosas, 'considera' situaciones, 'expresa su voluntad de ser' y 'convive fraternalmente' con otros. Es de nuevo un ente nacional que puede saltar sobre el ordenamiento jurídico vigente para ir a buscar en los llamados derechos históricos su derecho na-tural a gobernarse. Otra vez la sustanciación de lo colectivo, otra vez los manejos de la historia, otra vez la imposición de la lengua. Y por lo que a su elaboración respecta, una redacción normativa prolija, con humos de documento constitucional, a veces disparatada, con esa minuciosidad obsesiva de quien siente una amenaza incierta y quiere asegurarlo todo, pensada más para decir a los demás lo que no pueden hacer que para decirse a sí misma lo que pretende, imposible muchas veces de aplicar por su detallismo, llena de redundancias, y tantas otras cosas. Lo de menos es que choque literalmente con algunos preceptos constitucionales. Eso se puede arreglar. Lo más preocupante es que violenta la lógica interna de la Constitución y segrega jugo identitario por todos sus poros. Si llega a estar en vigor algún día hará sufrir a muchos, catalanes y no catalanes. De momento ha provocado ya el toque de rebato del aznarismo, la apelación a las vísceras de la españolidad y la indecencia moral en los medios de comunicación del Episcopado.
El día mismo del desastre del 98 estaba don Miguel de Unamuno medio aislado en una dehesa del campo charro. Sorprendido porque los campesinos "trillaban en paz su centeno, ignorantes de cuanto a la guerra se refiere", escribía a Ganivet: "Estoy seguro de que eran en toda España muchísimos más los que trabajaban en silencio, preocupados tan sólo con el pan de cada día, que los inquietos por los públicos sucesos". Me parece que ahora pasa igual. Somos muchos más los que trabajamos cotidianamente sin la mente obsesionada por ninguna bandera, ningún estatuto ni ningún ente histórico de razón, sin intención de castellanizar, euskaldunizar o catalanizar a nadie, sin untar la política de religión ni la religión de política, respetando tranquilamente las costumbres, la cultura y las lenguas de los demás, relacionándonos con ellos con fluidez en la amistad, la familia, la ciencia, la fiesta y la actividad económica, reconociéndonos en nuestros derechos y reconociendo los suyos. Sin discriminar ni ser discriminados. Muchos más. Y, sin embargo, aquí estamos hoy entrampados entre un partido españolista, montaraz y beato, y la última edición del desatino. ¿Sería mucho pedir a todos esos monomaníacos de las patrias que nos dejaran trillar en paz?